Con Jesús durante el día
Seguidores del Resucitado.
Disponte a tomar una pausa en tu día, para relanzar la tarde. Continuamos haciendo El Camino del Corazón. Somos apóstoles de la oración y colaboramos con Jesús en su misión, respondiendo al llamado que el Papa nos hace cada mes en su intención de oración. Movilizamos nuestro amor para que no quede sólo en palabras o en sentimientos, sino que se concrete en gestos de solidaridad, compasión y misericordia. Jesús nos envía a todos los pueblos para hacerlos sus discípulos. Deja resonar este llamado que el Señor te hace y haz un compromiso para crecer en tu servicio. Renueva tu ofrecimiento.
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Una misión de compasión
Entrada desde la oración
Las personas dejamos huellas en los demás. Algunas son dolorosas, pero otras están llenas de amor, aceptación, compasión, misericordia. A muchos tenemos que agradecer lo que somos. A lo largo de nuestra vida seguramente nos encontramos con personas que nos dieron el consejo oportuno, un apretón de manos, y no faltaron los abrazos cálidos y amables que nos dieron seguridad y contención. Esas personas han dejado una huella de amor imborrable. ¿Puedes imaginar la huella imborrable que dejó Jesús en todas aquellas personas a las que curó, liberó, resucitó? Jesús se encontró con un pueblo necesitado de compasión y se brindó a ellos hasta la muerte.
Pero Jesús no era un curandero. No vino a remendar la vida de las personas o a poner paños fríos a los conictos, sino a iniciar una revolución interior, profunda, que comienza en el corazón de todos los hombres y que espera que se extienda a todos los connes del mundo. Inauguró una misión de compasión.
Jesús nos invita a vivir desde la compasión como actitud fundamental de vida. La compasión resume el amor que recibimos de Jesús y el que estamos llamados a dar a los demás. Es la síntesis de la dinámica amorosa en la que el Señor nos «primerea» en el amor y la compasión y nos invita reproducirla con los demás. ¿Cuenta con nuestra colaboración para que la propuesta de amor del Padre llegue a todos los connes del mundo? Jesús no fue indiferente al dolor, a la esperanza y a la fe de su pueblo. Dejó que la vida de los demás resonaran fuertemente en su corazón y obró en consecuencia con su amor y misericordia. Aquellas situaciones fueron desafíos de su tiempo que tocaron profundamente su corazón. Seguramente fueron temas de conversación con su Padre durante sus momentos de oración.
Para tener parte con Él necesitamos transformar nuestro corazón, sintonizar con el suyo, escuchar la voz de Dios en nuestro interior y aprender a mirar con sus ojos. Solamente así habrá garantía de disponibilidad interior para lo que el Espíritu de Dios nos inspire. ¿De qué manera desarrolló Jesús su misión de compasión y cómo podemos colaborar nosotros con él?
El primer desafío con el que se encontró Jesús fue comunicar que el amor de su Padre es gratuito. Esta fue y será el primer y más grande desafío. Sentirse amado gratuitamente. Es maravilloso sentirnos amados por quienes somos y no por nuestros logros y conquistas. Vivir el amor gratuito es una experiencia que nos funda como seres humanos. Cuando podemos experimentar este amor, nos abrimos a la relación con los demás con un corazón agradecido.
No hay experiencia más honda para engendrar un corazón compasivo que sentirse amado incondicionalmente. Jesús, necesita que entendamos que el amor que Él nos tiene no se debe a nuestros logros y conquista personales. Esa experiencia de amor es la que nos abre a la compasión por los demás.
El segundo gran desafío que reconoció Jesús en su tiempo fue ayudar a los demás a recuperar la conanza en ellos mismos. Cuando por alguna circunstancia de la vida no hemos logrado realizar nuestros sueños o alcanzar nuestras metas, sentimos interiormente que nuestras fuerzas decaen y la conanza se resquebraja. Ese es el momento en que necesitamos de esa palabra oportuna que logra devolvernos la conanza. Esa mano rme que se extiende y logra que nos pongamos nuevamente de pie. Jesús ayudó a que muchos recuperaran la conanza en ellos mismos y así sintieran que su vida vuelve a resurgir. Es la experiencia de renacer lo que nos vuelve a poner en marcha. Sentir que alguien nos ayuda a recuperar la conanza en nosotros mismos es una de esas vivencias que con mayor fuerza se graban en el alma. La presencia de otro, su ayuda, su aliento, puede ayudarnos a redescubrir nuestro valor ante el Señor y cómo el Señor nos mira. Por eso, la conanza en nosotros mismos debe surgir del propio valor de quienes somos ante Dios, y del sentirnos amados por Él.
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